Selva, río y desesperanza Jaime Arocha, PhD - Lina del Mar Moreno Tovar
Fragmento de Andino-centrismo, salvajismo y afro-reparaciones Grupo de Estudios Afrocolombianos. Centro de Estudios Sociales Facultad de Ciencias Humanas. Universidad Nacional de Colombia. Sede Bogotá DC.
No negamos los dramas que la gente del Afropacífico enfrenta por las enormes deficiencias en la prestación de servicios educativos, de higiene, salud, comunicaciones y asistencia técnica, entre otros. Tampoco que la manipulación de ellos ha nutrido una cleptocracia que no es inocente frente a la marginación y el aislamiento. Sin embargo, también opinamos que al afropesimismo lo afianzan las letanías de la desdicha y la reducción de los problemas del Afropacífico al abandono estatal. Esta opción explicativa obra en dos sentidos negativos: primero, dándoles la razón a quienes consideran que el modelo frontera-salvajismo sigue siendo válido, incluyendo los proyectos de redención que se basan en el mestizaje y en que la civilización descienda de los Andes. Segundo, impidiendo percibir y apreciar las creaciones autóctonas, que los cautivos africanos y sus descendientes lograron, pese a las situaciones objetivas de marginalidad inseparables tanto de la esclavización, como de la explotación que involucran las economías extractivas. Además de los sistemas polimorfos de producción agrícola sostenible que ya mencionamos, esas creaciones involucran taxonomías intrincadas de plantas y animales, así como inventarios complejos sobre los usos para unas y otros, incluyendo la curación de enfermedades. Todo esto además de los hábitos de resolución pacífica de diversos tipos de conflicto. Dentro de este marco, aproximamos la obra de Arnoldo Palacios. Sin desconocer sus valores literarios, la analizaremos vis-a-vis los modelos de formación nacional que estamos enfocando.
Arnoldo Palacios nació en Cértegui (Chocó) en 1924 y en el decenio de 1940 completó sus estudios en el Externado Nacional Camilo Torres de Bogotá, donde José A. Restrepo Millán contribuyó en su formación literaria. En 1949 hizo contacto con Clemente Airó, el reconocido mecenas catalán del período, le sometió su novela a consideración y en 1949 Editorial Iqueima publicó Las Estrellas son Negras. Nosotros revisamos la re-edición del Ministerio de Cultura en (1998).
Esta novela versa sobre unas pocas horas en la vida del joven afrochocoano Irra (Israel), quien vivía acosado por el hambre y la miseria. Quibdó consiste en el escenario de la trama, a cuyas casas palafíticas Palacios les dedica varios párrafos, mas no para destacar el sentido adaptativo que esa arquitectura puede tener con respecto a un ámbito ribereño y húmedo, sino más bien para desvalorarlas:
La casa se elevaba de la tierra en algo más de un metro, y aún más por detrás, de manera que se veían desde la calle los puntales nudosos, endebles, esqueletados embarrados. La acera de esa manzana era un terraplén de barro mezclado con arena , sostenido por paredón de tablones podridos […] el corredor cimbraba al menor peso con algunas tablas en falso y otras rotas […] la pared de palma del frente estaba desvencijada […] la paja podrida del techo husmeaba titilante (Palacios, 1998: 49). El cuarto estaba opaco, tejido de telarañas por todas partes2. Allí observó la viga plagada de comején; los comejenes iban y venían; la casa estaba completamente carcomida, y las rosadas bolitas de carcoma se desgranaban por el piso (Palacios, 1998: 60).
Hay escenas de Quibdó que al lector tan sólo podrían dejarle la impresión de que el puerto era casi como un deposito de desechos. Veamos la de la página 50: “El viento aún soplaba alborotando las basuras […] el ambiente estaba impregnado de un hedor nauseabundo”, y ahora pasemos a las de la página 76: “El ambiente respiraba hedor a moho de queso, moho mezclado con zumo de cebolla y naranjas despaturradas. Olía también a axilas sudadas, y a nauseabundos hedores provenientes de las zanjas”. Con respecto a los quibdoseños, estas visiones nos llevan a preguntarnos, ¿cómo toleraban esas condiciones de higiene? ¿Eran víctimas de la desidia y la pasividad? No es difícil imaginar que durante el decenio de 1940, para quienes adherían a los modelos objeto de estas reflexiones, Palacios proveía datos relevantes. Sin embargo, recordemos que tanto de Serje, como de Múnera demuestran el carácter contraevidente de los modelos de construcción nacional que describen. Así, para el decenio de 1880, la Bogotá que José María Samper había descrito en 1860 como ámbito de civilización ostentaba unas condiciones de salud pública e higiene tan deplorables como las del Quibdó de Palacios (Restrepo 2005: 156-205).
Pasando a los habitantes del puerto, nos hallamos ante apreciaciones que, del mismo modo, podrían nutrir con creces los imaginarios de quienes se aferran a la idea de que los climas cálidos albergan y producen seres inferiores: “La gente se mantenía anémica. Los niñitos morían a montones. El pabellón antituberculoso estaba repleto…”
(107) […] “Irra veía a su alrededor gentes anémicas dobladas por la desnutrición […]” (74); “[…] la gente hormigueaba envuelta en ropas harapientas y hambre […]” (97).
[Irra] caminaba rozándose con los transeúntes. Negros descalzos, ropas raídas, arrinconados por allí sin itinerario. Allá, al extremo de ese andén, sonreía un hombrazo negro rascándose el vientre, las piernas rucias, las orejas, el cuello, hurgándose despiadadamente la nariz con el índice. Durante toda la semana se los vería siempre lo mismo. ¿Por qué no empleaban en algo su tiempo esos mugrosos, perezosos? ¡Negligentes! Deberían estar cortando leña y cultivando plátanos. En las vegas del Atrato y sus afluentes el arroz se producía en abundancia. Por lo menos deberían sembrar arroz. Negros indolentes […]” (94 y 95). Irra vio acercarse a la madre, caminando pesadamente, agobiada por el peso de una batea repleta de ropa mojada […] la miraba acercarse, con las piernas frágiles a punto de astillarse por el peso que soportaba. Llegó al extremo del andén y descansó unos segundos para subir a éste. Luego encaramó la pierna derecha sobre el andén y, haciendo impulso para subir, apoyó la mano derecha sobre la rodilla. El borde del terraplén de barro se aflojó, y el pie de la mujer se resbaló […] algunos de los transeúntes tenían el rostro abotagado por la risa contenida. Se oían si algunas carcajadas (64).
Las representaciones que Palacios hace de la gente negra abundan en suciedad, harapos, enfermedad, ignorancia, desnutrición, mocos, moscas y ratas. Sin embargo, lo contrario opera con respecto a la caracterización de los blancos, sean ellos extranjeros o nacionales:
Abstraído, los pies de Irra tropezaron con un cuerpo arrastrándose. Brincó. ¿Perro o algo por el estilo? Con el rabillo del ojo advirtió cierta figura humana: una mujer, quizá venida de las orillas de algún río. Inconfundible su aspecto de campesina atrateña. Se arrastraba apoyada en sus rodillas, forrada en una especie de almohadilla hecha de trapos viejos. Labrada de llagas, de su nariz apenas quedaba el hueco cavernoso. Los huesos de la pierna blanqueaban carcomidos, sanguinolentos. Sus andrajos manchados de agua-sangre. Millar de moscos invadían ese espectro humano que continuaba arrastrándose pesado. A la puerta de una tienda, viejo caserón gris, le arrojaron un pedazo de queso […] Los negros sus hermanos de raza, no la socorrían. En cambio se burlaban. Aquel hombre blanco, bajito, rechoncho, ojos y cabellos negros, dueño de la tienda […], ese si era un buen hombre[ …]” (Palacios, 1998: 96). […] Los sirios y antioqueños eran propietarios de grandes almacenes… los blancos estaban empleados en el gobierno. Esos vestían bien y fumaban cigarrillos finos. Pero los negros nada […] (Palacios, 1998: 59). ¿Por qué los sirios y los antioqueños eran ricos? ¿Acaso todo mundo no tenía metido en la cabeza que el Chocó padecía una miseria terrible y que no circulaba dinero? Entonces ¿por qué éstos se enriquecían y sus negocios prosperaban, con enormes ganancias?... ¡a ver! ¿Qué chocoano tiene plata?... ¿eh?... […] hay que ver: los paisas llegan aquí desnudos; con su machete, sus alpargatas de cabuya, carriel terciado, tragando panela y agua. A la semana siguiente ya los topa uno vendiendo cachivaches… y… ¿Jum!... al momento menos pensado ya tienen montado un gran almacén, y son recibidos con alborozo en la alta sociedad… ¿Y, nosotros?... ¿Por qué diablos no tenemos ni para comer malamente? ¿No sabemos trabajar? ¿Somos pésimos negociantes? ¿Carecemos totalmente de visión comercial? (Palacios, 1998: 98).
Para superar tanta desolación, Palacios apela a una elección concordante con el paradigma de las jerarquías cuya persistencia nos preocupa: Irra deseaba que su primera experiencia sexual fuera con una mujer blanca (Palacios, 1998: 70), pero como en ese ámbito de discriminación no podía alcanzarla, añoraba preñar a Nive, su amiga mulata:
Irra auscultaba en esos instantes en el fondo íntimo de su corazón inundado de la angustia del mensaje de las sangres: Nive era la naturaleza humana salvaje, más la sangre exótica, civilizada y dinámica. ‘Yo, el negro de aquí. Ella la mulata’. La voz de la tierra le gritaba a Irra acerca del imperio de la fusión de las sangres. Y como en película proyectada lentamente le mostró concretamente las casas de los extranjeros, con mujeres negras como la madre de Irra y la madre de Nive… y unos hijos mulatos. Casa donde se vivía en orden y no faltaba el pan. Donde vibraba la alegría en torno a la mesa. Irra sentía ya el advenimiento del milagro. Y vio como cargaban los frutos los campos de todas las orillas. Y vio cómo el oro de las minas no huía de la noche a la mañana. Y vio cómo los peces venían a las propias manos de los pescadores (Palacios, 1998: 142).
Los énfasis del párrafo que citamos son nuestros. Los usamos para expresar nuestra inquietud no sólo por la naturalidad con la cual Palacios asumió el mestizaje para la salvación de Irra, sino por la manera como cualifica sus efectos, apelando a nociones de orden y bienestar, para luego de reiterar el dogma de la bestialización de la gente negra que Múnera lo especificó alrededor de “[…] su fuerza bruta y su alegre disposición a dejarse civilizar por medio del acto repetido de la violación sexual” (Múnera 2005: 151). Nuestros lectores quizás argumenten que el novelista se proponía ofrecer un retrato fiel de la realidad del desamparo y la marginalidad. Sin embargo, el que cincuenta años después de haber publicado la novela, a lo largo del conversatorio que la Universidad Central organizó sobre su obra en 1998, no manifestara una posición crítica frente a las disyuntivas que enfrentaba Irra nos deja la preocupación acerca de la capacidad del modelo que discutimos para colonizar la mente de quienes más bien deberían ser los objetores de las asimetrías que tal modelo ratifica. En este caso descolonizar quizás equivaldría a asumir el afro-optimismo.
Fragmento de ANDINOCENTRISMO, SALVAJISMO Y AFROREPARACIONES. Jaime Arocha, PhD - Lina del Mar Moreno Tovar -Grupo de Estudios Afrocolombianos- Centro de Estudios Sociales Facultad de Ciencias Humanas -Universidad Nacional de Colombia -Sede Bogotá, DC
Texto completo: http://amauta.upra.edu/vol4investigacion/vol_4_andinocentrismo.pdf envio rui mendes
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